jueves, 23 de enero de 2014

ENTREVISTA CON ANA CLAVEL, Jaqueline Pérez Guevara

Presentamos una entrevista con Ana Clavel, ganadora del Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska, por Las ninfas a veces sonríen

Ana Clavel: los deseos que nos pueden llevar a la materialización de un paraíso propio


Por Jaqueline Pérez Guevara*
El deseo, la seducción y las ninfas son aspectos por los que Ana Clavel nos lleva de la mano en su novelaLas ninfas a veces sonríen en la que Ada, una joven diosa, nos muestra sus aventuras y despertar sexual haciéndonos partícipes de sus secretos, el juego de sensualidad, el goce y el paraíso aquí en la tierra, en la piel.
Primero te felicito por tu novela y sin duda algo que me llamó la atención dentro de la historia de Ada, fue la frase de “Somos yo y mi voluntad”
Ana clavel: Esto que aparenta ser sencillo, en realidad, tiene un trabajo detrás que es irte apropiando de las herramientas del lenguaje, de las imágenes verbales, de la imaginación; de tal modo que vas cincelando un proyecto de escritura que se vuelve cristalino y, en esa frase que tú mencionas, está cifrada en realidad la esencia de Ada, el personaje central porque en esa frase está contenida toda la actitud que ella ha mantenido a lo largo de su historia, que no es solamente el ser agraciada, con la posibilidad de soltura, esa frescura para explorar, conocer y disfrutar sino que su poder de diosa, su poder de lo que sería una metafísica personal está cifrado en ese dominio de la voluntad del ser, de erigirse ella misma como una deidad, y de transformar la realidad que la circunda en lo que a ella se le da la gana.
Creo que Nietzsche estaría fascinado con un personaje semejante, cuando por ejemplo, habla del súper hombre, porque lo que resume Ada es que el carácter terrenal que tenemos los seres humanos, hombres y mujeres, tienen mucho la posibilidad de reencontrar su lado divino, su lado sagrado.  En realidad, somos dioses solamente si nos abrimos a la posibilidad de creerlo y de asumirlo. Subirnos en el pedestal que nos corresponde como seres con la capacidad de vivir a plenitud de escoger, en buena medida, los deseos que nos pueden llevar a la materialización de un paraíso propio, esto no quiere decir que la realidad no se imponga, pero dentro de esas posibilidades, que se pueda cifrar entonces la capacidad para realizar lo posible.
El deseo, la sensualidad, los dioses de carne y hueso son temas presentes en tu obra, me percaté que también manejas el tema del primo narciso…
ACY es que eso fue gracias a ir entremezclando el asunto de la cotidianeidad, la realidad de una chava de nuestra época con la alternancia del mundo mitológico, del mundo de una cierta edad de oro, precisamente, para acercar ese plano de lo divino, de lo sagrado, que es parte también de nuestra esencia, pero la tenemos muy perdida y olvidada, con el plano de la realidad fáctica.  Esto también en buena medida porque la realidad fáctica que nos ha tocado enfrentar es agobiante, especialmente en un país como México, entonces, es también un imponer la voluntad para decir no solamente esta realidad temible es la única realidad, tenemos el arte, la poesía, la cultura, tenemos al ser humano también en esas partes ominosas, entonces ¿por qué no acercar esa otra realidad que está allí a esta realidad oscura? Para por lo menos no perdernos entre tantas tinieblas.
Y la forma en la que vas manejando el lenguaje en tu novela, va fluyendo y parece muy suave y sencillo, pero se esconde llevando más, retomando una y otra vez el tema del deseo…
AC: Yo he trabajado el tema del deseo desde mi primera novela, entonces yo he venido desarrollando sin proponérmelo de manera deliberada esta suerte de poética de los deseos y las sombras como posibilidades del ser. Lo que yo pienso en un plano muy racional es que, el deseo nos constituye más como seres humanos, que probablemente, el uso del lenguaje verbal, yo sé que Lacan, Wittgenstein, estarían en desacuerdo conmigo porque ellos le dan a la palabra justamente esta dimensión humana, pero a mí me parece que lo que nos convierte en seres perfectibles, acechantes, es nuestra capacidad de desear y de sentir, de lo que somos para buscar lo que nos hace falta; entonces, no me extraña que aunque no me lo haya propuesto de manera deliberada trabajar el asunto del deseo, que las ninfas se conviertan entonces en un muestrario de lo que a nivel de una experiencia muy peculiar e individual del personaje de Ada, se va formulando para explorar su sensualidad, acercar el paraíso general a la idea del paraíso más cercano que es el cuerpo, explorarlo y, sobretodo, disfrutarlo.
¿Cuál es tu concepto de nínfula?
ACHay que recordar que las ninfas son estas deidades mitológicas que están asociadas con los bosques, mares, manantiales, y según Calasso y el propio Sócrates, hay toda esta concepción de un saber que va mas allá  de lo conceptual y que tiene que ver con el cuerpo y con el goce erótico, de hecho, Calasso le adjudica a Aristóteles que la posesión más plena es la posesión erótica. Entonces, son deidades que de algún modo hemos hecho a un lado en su carácter simbólico, pero que representan justamente esa fuente de conocimiento que va más allá de lo intelectual y que engloban un conocimiento mucho más concreto y mucho más terrible, en todos los sentidos. Nabokov, obviamente en Lolita, retoma el concepto, no solamente de la ninfa en general, sino de la ninfa más pequeña, esa que resplandece ajena a su propia belleza y a los efectos que causa, y es uno de los misterios a los que se enfrenta el ser humano porque tiene que ver con todo aquello que te provoca mas allá de lo racional. Yo, por supuesto, tenía todas estas lecturas detrás, también al propio Carroll con Alicia, a Marosa di Giorgio con sus narraciones bizzarras y pulsionales, al propio Calasso  y, bueno, es un poco inusitado que en una obra contemporánea de pronto entre este mundo idílico, mítico, pero son las fulguraciones que se dan con la literatura, que de pronto, tú puedes hacer incidir elementos de nuestro pasado simbólico en las representaciones actuales, entonces a través de la metáfora armar una nueva realidad verbal.
Si pudieras definir tu literatura y  tus obras ¿Cómo las definirías?
ACYo pensaría que es un asunto de una poética de los deseos y las sombras, que trabaja esa dimensión de la fantasía y la seducción, pero no solamente en la temática sino en la forma verbal, en la forma deescritura, que se vuelve en si misma una poética a lo Scheherezada, a buscar, a atraer al lector y no perderlo y demostrarle cómo esa famosa frase de Roland Barthes, que después leí en el placer del texto, que uno como escritor debe probarle al lector que lo desea y sustancialmente esa sería la temática o la impronta de mis libros.
En tu papel de escritora ¿cómo te definirías?
AC: No me satisface para nada cuando la gente me clasifica en escritura de mujeres, o escritura feminista, es algo muy vago. Yo no llevo ningún tipo de bandera o consigna reivindicadora. La literatura creo que lo que busca es explorar, indagar, crear otros universos posibles y ahí de paso, revisas, de paso consignas, descubres contradicciones humanas, claros-oscuros, paradojas de las dominaciones que se dan en muchos niveles, pero aspiro a un trabajo más vasto y no sólo con la temática sino con el lenguaje mismo. Yo por ejemplo, cuando dije unas palabras en la ceremonia de entrega del premio Iberoamericano de novela Elena Poniatowska, empecé diciendo que yo no era mujer, yo era escritora y, obviamente, una cosa implica a la otra, pero yo en lo que estaba haciendo énfasis era en el compromiso con la escritura y con la visión del mundo; no desde la generalidad de una visión de un grupo, sino desde la visión particular que es siempre la literatura. La literatura de una Virginia Woolf, de un Kafka, Elena Garro, Octavio Paz, es mirada singular, es todo lo que te constituye como persona a la hora de que te sientas y trabajas una posibilidad de imaginación, de ejercer una creatividad libre, pero esta todo, lo que te constituye como persona, entonces, no puedes limitar a uno solo de los rasgos esa visión, y eso es lo que yo creo que los críticos te indilga, mucho también porque los tiempos actuales han dado voz a estas finalidades, y está muy bien, que estas cuestiones busquen un equilibrio, pero para mí es muy importante no limitar mi trabajo solamente a una forma discursiva, a una sola interpretación, sino dejarlo de un modo más abierto.
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*Jaqueline Pérez Guevara (Alumna de Literatura latinoamericana de la Universidad Iberoamericana campus Santa Fe).
Crédito de imagen: Porrúa (www.porrua.mx)

domingo, 5 de enero de 2014

ALBERT CAMUS, NO HAY SOL SIN SOMBRA, Guillermo Vega Zaragoza

Albert Camus 
No hay sol sin sombra
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A cien años del nacimiento de Albert Camus, parece ocioso seguir polemizando sobre cuál parte de su herencia tiene mayor valía: la literaria o la filosófica. Sobre el valor de la primera, no cabe ninguna duda de que libros comoEl extranjero o La peste son obras maestras que permanecerán como tales de manera imperecedera. Sin embargo, sus reflexiones filosóficas enfrentaron escollos casi desde el momento mismo de su enunciación.
Recuerdo el ensayo de un jovencísimo Mario Vargas Llosa, escrito cuando vivía en París en 1962, en el que hizo una severa revisión de la obra de Albert Camus, fallecido apenas dos años antes, el 4 de enero de 1960, a causa de un trágico accidente automovilístico. El aún incipiente escritor peruano aprovechó la aparición del primer tomo de los Carnets de Camus para saldar cuentas con el Premio Nobel de Literatura de 1957, acusándolo de haberse convertido en “un lastimoso escritor oficial, desdeñado por el público y vigente sólo en los manuales escolares”.
El principal alegato de Vargas Llosa era que Camus cayó tan pronto en desgracia en el favor de los lectores debido a su insistencia en presentarse como un filósofo. “La gloria, la popularidad de Camus reposaban sobre un malentendido. Los lectores admiraban en él a un filósofo que, en vez de escribir secos tratados universitarios, divulgaba su pensamiento utilizando géneros accesibles: la novela, el teatro, el periodismo”. El futuro autor de La guerra del fin del mundo fue implacable: “Su pensamiento es vago y superficial: los lugares comunes abundan tanto como las fórmulas vacías, los problemas que expone son siempre los mismos callejones sin salida por donde transita incansablemente como un recluso en su minúscula celda”. Eso sí: Vargas Llosa lo reconoce como un gran narrador y prosista: sus libros serían “desdeñables si no fuera por su prosa seductora, hecha de frases breves y concisas y de furtivas imágenes”. Reconoce que, en realidad, Camus “era un artista fino y en algunas de sus obras registró intuitivamente el drama contemporáneo en sus aspectos más oscuros y huidizos”.
No obstante la severidad con que lo juzga, Vargas Llosa termina por absolverlo de sus “deslices”: “Camus no tuvo la culpa de que se viera en él a otro y lo único deplorable es que, contaminado por ese asombroso equívoco colectivo que hizo de él un ideólogo, traicionara su sensibilidad ascendiendo a alturas especiosas para discurrir artificialmente sobre problemas teóricos”. Y finaliza: “El prestigio de Camus se desvaneció cuando sus lectores descubrieron que el supuesto pensador, que el aparente moralista no tenía nada que ofrecerles para hacer frente a las contradicciones de una época crítica”.
Vargas Llosa tenía razón: Camus no era un filósofo, pero tampoco era sólo un literato. Además de un excelentenarrador y prosista, era un agudo pensador. A diferencia del rigor lógico de Sartre, el método de Camus era la duda y el cuestionamiento, de ahí que las ideas que surgían a través de sus novelas las extendiera para desarrollarlas y clarificarlas en sus ensayos. Al paso de los años, el malentendido ha quedado plenamente aclarado: Camus es un extraordinario escritor con preocupaciones filosóficas, sin que ello signifique que estas preocupaciones no hayan tenido pertinencia entonces, cuando las escribió, y que no las tengan ahora, a la luz del desarrollo histórico de la civilización, a más de medio siglo de haberlas enunciado.
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Albert Camus 
©Wikicommons
¿A qué se debe que las ideas de Camus sigan siendo pertinentes para explicarnos la condición humana de los tiempos actuales? Camus buscó expresar sus ideas filosóficas a través de la novela y el teatro, pero sobre todo recurriendo a mitos clásicos para ilustrarlas y explicarlas. Esta predilección por el clasicismo provino de la influencia temprana que tuvo en él André Malraux —con quien más tarde lo uniría una gran amistad— y André Gide, sobre todo el de Los alimentos terrenales. En una entrevista, Camus afirmó: “Conociendo bien la anarquía de mi naturaleza tengo necesidad de ponerme, en arte, barreras. Gide me enseñó a hacerlo. Su concepción del clasicismo como un romanticismo domado, es la mía”. Pero, sobre todo, la vocación clásica de Camus provendría de sus lecturas tempranas de Friedrich Nietzsche, sobre todo Así habló Zaratustra y El nacimiento de la tragedia, en especial la continua mirada a la Grecia clásica y sus mitos.
Camus consideraba que el escritor es un creador y recreador de mitos, pues éstos “no tienen vida por sí mismos, esperan que nosotros los encarnemos —dice en ‘Prometeo en los infiernos’—. Que un solo hombre responda a su llamamiento, y ellos nos ofrecerán su savia intacta”. Así, consciente de su inspiración artística, Camus se apoya en la historia de los héroes míticos: Sísifo, Prometeo, Ulises, Edipo, Némesis, Helena...
En La necesidad del mito, el psicoanalista Rollo May explica el mecanismo y la función que cumplen los mitos en la historia de la humanidad, pero sobre todo en el mundo contemporáneo: “Un mito es una forma de dar sentido a un mundo que no lo tiene. Los mitos son patrones narrativos que dan significado a nuestra existencia”. Los mitos son la autointerpretación de nuestra identidad en relación con el mundo exterior. Son el relato que unifica nuestra sociedad. Son esenciales para el proceso de mantener vivas nuestras almas con el fin de que nos aporten nuevos significados en una realidad difícil y a veces sin sentido. “Cualquier individuo —explica May— que necesite aportar orden y coherencia al flujo de las sensaciones, emociones e ideas que acceden a su conciencia desde el interior o el exterior, se ve forzado a emprender por sí mismo lo que en épocas anteriores hubiera llevado a cabo su familia, la moral, la Iglesia y el Estado”.
Como muchos hombres de su época, Camus se enfrascó en la labor de encontrar sentido a un mundo que lo había perdido, sobre todo después de haber vivido la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Hiroshima y Auschwitz marcaron el alfa y el omega de la sinrazón a la que había llegado el ser humano (la actualidad nos corrobora que la estupidez humana no tiene límites). Para ello, armado de su sensibilidad artística y su talento literario, Camus emprendió el camino de explorar el alma humana y recurrió a los mitos griegos a fin de encontrar en ellos las explicaciones y los modelos que requería para su tarea.
Rollo May lo explica así: “El lenguaje abandona el mito sólo a costa de la pérdida de la calidez humana, el color, el significado íntimo, los valores: todo lo que da un sentido personal a la vida. Nos comprendemos mutuamente identificándonos con el significado subjetivo del lenguaje del otro, experimentando lo que significan las palabras importantes para él en su mundo. Sin el mito somos como una raza de disminuidos mentales, incapaces de ir más allá de la palabra y escuchar a la persona que habla” (cursivas en el original).
En 1942, en pleno conflicto bélico, Camus publicó El extranjero y un año después sacó a la luz El mito de Sísifo. Ambos libros se convirtieron instantáneamente en sus obras más celebres y, al mismo tiempo, en las más incomprendidas y tergiversadas. Por ello, en estos días resulta estimulante la aparición de un libro como La felicidad y el absurdo, editado por Tusquets a instancias de la Embajada de Francia en México, para celebrar el centenario del nacimiento de Camus. En sus páginas, diez autores mexicanos como Roger Bartra, Elsa Cross, Jaime Labastida, Eduardo Milán, Carlos Pereda y Javier Sicilia, entre otros, hacen una nueva lectura de El mito de Sísifo,sobre todo a partir del planteamiento final de Camus, en el sentido de que el absurdo vital no es trágico sino que, al contrario, “hay que imaginar a Sísifo feliz”.
En El extranjero y El mito de Sísifo, Camus presentó sus ideas acerca del absurdo, que para él es la convicción de que la vida carece de sentido; se niega a otorgarle a la muerte una finalidad y, más aún, a que haya una trascendencia más allá de la muerte. El absurdo es el vacío, el vértigo que el hombre siente ante el silencio del mundo a preguntas esenciales.
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Albert Camus en 1957
©Robert Edwards/ Wikicommons
Pero en lugar de que Camus considere el absurdo como un fin, lo erige en el principio de todo. Lo primero es la comprensión de que, si bien en sí mismo no todo en el mundo es absurdo, tampoco es totalmente razonable. Es decir, no hay absolutos, por lo que el hombre debe poner sus propios límites, y de ahí emerge su propia libertad. Camus en realidad invierte la polaridad del absurdo al que tantos han emparejado con la “nada” sartreana. En lugar de ser algo negativo, el absurdo es positivo porque, una vez asumido, permite la libertad y la creación.
Para ilustrar sus ideas, Camus recurre a la novela y a la mitología. El personaje de Meursault representa al ser humano en el umbral del absurdo: lo siente, lo percibe y lo experimenta, inmerso en el vértigo y la angustia de la sinrazón. Meursault observa el transcurrir de sus días sin que nada cambie. Sin embargo, los acepta y así cree encontrarle sentido a una vida sin esperanzas, a la que siente que nada le depara el futuro. El asesinato sin sentido de un hombre, la resignada aceptación de su condena y la insensibilidad manifiesta ante la muerte de su madre, lo enfrentan, ante sí mismo y ante los demás, a la contundencia de los límites de su propia existencia.
Llama la atención que, además de bordar sobre los planteamientos de Nietszche, Heidegger, Jaspers, Kierkegaard y Husserl, Camus haya descubierto el germen de sus planteamientos en la obra de Herman Melville, especialmente en Bartleby, el escribiente y Moby Dick. El aparentemente plácido empleado que responde ante cualquier encomienda o exigencia de decisión “Preferiría no hacerlo” podría ser un espécimen, quizá menos trágico, de la estirpe de Meursault, en tanto el capitán Ahab estaría aquejado del síndrome de Sísifo, acicateado por el deseo de venganza.
De ahí que El extranjero represente el planteamiento inicial de la idea del absurdo que Camus desarrollará filosóficamente en El mito de Sísifo. Meursault es el hombre absurdo que sucumbe ante el vértigo del vacío. Su resistencia al absurdo no construye sino destruye. Ni el asesinato ni el suicidio son considerados por Camus como salidas válidas a la angustia y la desesperación. He ahí la diferencia fundamental con Sísifo, quien para Camus es el héroe absurdo por excelencia. Condenado por los dioses a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña donde la piedra volverá a caer por su propio peso, Sísifo acepta su condena sin arredrarse, a pesar de que es evidentemente inútil, pues no lo lleva a ninguna parte.
Sin embargo, Sísifo es un héroe “tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida, le han valido este suplicio indecible donde todo el ser se emplea en no acabar nunca”, afirma Camus. Pero, además, Sísifo es un héroe trágico debido a que es consciente. “¿Dónde estaría, en efecto, su pena si a cada paso mantuviese la esperanza de triunfar? El obrero de hoy trabaja, todos los días de su vida, en las mismas tareas y este destino no es menos absurdo. No es trágico más que en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la amplitud de su miserable condición: es en ella en lo que piensa durante su descenso. La clarividencia que debía de hacer su tormento consuma por ello mismo su victoria. No hay destino que no se supere con el desprecio”.
En 1947, Camus publicó La peste, que muchos considerarían su obra maestra. Con esta novela —y sobre todo con El hombre rebelde, de 1951—, muchos se dieron cuenta de que el “existencialismo de Camus” tenía serias diferencias con el de Sartre. En la polémica que los llevó a distanciarse— a propósito de un violento ataque en Les Temps Modernes, la revista de Sartre—, a Camus se le acusaba de replegarse en el inmovilismo y la pasividad favoreciendo el poder reaccionario.
Es probable que muchos interpretaran que Camus proponía una resignación pasiva ante la presencia del mal. Nada más lejano a eso. En El hombre rebelde desarrolló sus ideas al respecto y esto le valió la excomunión de la iglesia sartreana. Para Camus, el hombre rebelde es aquel que acepta la vida sin sucumbir ante sus miserias, sin admitir que su aparente sinsentido deba conducir a la resignación, asumiendo una vocación humanista y solidaria. La rebeldía es una alternativa fáctica a la angustia existencial. Sin embargo, en ocasiones, llega un momento en que el hombre tiene que actuar para cambiar el mundo y sus circunstancias cuando el mal resulta inaguantable. Entonces decide volverse revolucionario y se abandona a la negación de la sumisión total en pos de la utopía. No obstante, el revolucionario termina por sacrificarse y sacrificar la libertad del hombre en función de un supuesto futuro mejor.
Sin embargo —y aquí encontramos el meollo de la polémica con los sartreanos—, Camus señala que mientras la rebelión humaniza al hombre porque lo coloca más allá de Dios y del absurdo, la revolución sustituye un mito por otro e intenta divinizar al hombre por encima de la historia. He ahí la principal contradicción entre rebeldía y revolución: “Lejos de reivindicar una independencia general, el rebelde quiere que se reconozca que la libertad tiene sus límites en todas partes donde se encuentre un ser humano y que el límite es precisamente el poder de rebelión de este ser. El rebelde exige sin duda cierta libertad para sí mismo; pero en ningún caso, si es consecuente, el derecho de destruir el ser y la libertad de otro”; en tanto “el revolucionario es al mismo tiempo rebelde o entonces ya no es revolucionario, sino policía y funcionario que se vuelve contra la rebelión. Pero, si es rebelde, acaba por levantarse contra la revolución”.
Aunque el filósofo neomarxista y psicoanalista poslacaniano esloveno Slajov Žižek considera El mito de Sísifo“irremediablemente obsoleto”, lo cierto es que en ese libro Camus se adelantó a lo que Žižek plantea en uno de los ensayos incluidos en El año que soñamos peligrosamente, titulado “The Wire, o qué hacer en tiempos del No Acontecimiento”. Para quien no tenga ni idea de qué es The Wire, bastará decir que es considerada por muchos como la mejor serie de televisión que se ha realizado. Y así como Camus recurría a los mitos clásicos para ejemplificar sus ideas filosóficas, Žižek se vale de elementos de la cultura pop (películas, series de televisión, canciones populares, etcétera) para explicar sus intrincadas aproximaciones a casi todo, pues para él de lo que trata la filosofía es de “una exploración de lo que se presupone incluso en la actividad del día a día”.
Así, bajo la fachada de una trama aparentemente policiaca, The Wire cuenta la historia de una ciudad (Baltimore, Maryland, Estados Unidos de América), o más que eso: la historia de la decadencia de una ciudad como consecuencia del sistema capitalista y cómo los individuos de esa sociedad enfrentan las consecuencias de esa decadencia. Para el hombre actual, las reglas de un sistema que lo rebasa y no comprende cumplen la misma función que los designios de los dioses en la Antigüedad clásica. El creador de la serie, el ex reportero David Simon, aseveró que “The Wire es una tragedia griega en la que las instituciones posmodernas son las deidades olímpicas. El departamento de policía, la economía de la droga, las estructuras políticas, la administración en las escuelas o las fuerzas macroeconómicas son las que están arrojando los rayos y golpeando a la gente en el culo, sin ninguna razón decente”.
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Camus en Estocolmo luego de recibir el Nobel, 1957
©Wikicommons
En la decadente sociedad capitalista siguen apareciendo los Sísifos: el detective Jimmy McNulty —personaje que unifica la trama de las cinco temporadas que duró la serie de 2002 a 2008— se enfrenta a sus jefes, se salta las trancas, miente, traiciona su palabra y falsifica pruebas para salirse con la suya, para que se haga lo que él cree justo. Y como él hay otros tantos personajes en la serie. Al final, el sistema siempre gana, por más que se haga, por más que se quiera cambiar, porque ha inventado sus propios mecanismos para integrar o eliminar, según le convenga, a los que se oponen a él y fortalecerse con esa oposición. Es decir, al oponerse al sistema lo único que se hace es fortalecerlo. Y de lo que se trata es de cambiarlo, de construir algo nuevo, con verdadera justicia, menos miserable.
¿No es esto el mismo absurdo del que surge la conciencia como lo planteaba Camus? Sísifo sube su piedra y, ya en la cima, la deja rodar de nuevo hacia abajo. Y Sísifo va tras ella, una y otra vez. “Es durante este regreso, esta pausa, cuando Sísifo me interesa —dice Camus—. Un rostro tan cerca de las piedras ya es piedra él mismo. Veo a este hombre volver a bajar con paso lento pero acompasado hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Ese momento, que es como una respiración y que regresa con tanta seguridad como su desdicha, ese momento es el de la conciencia. En cada uno de esos instantes, cuando deja las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, él es superior a su destino. Es más fuerte que su roca”.
¿Y qué nos dice Žižek?: “La clave está en no resistirse al destino (y por tanto acabar ayudando a su realización, como los padres de Edipo y como el siervo de Bagdad que huyó a Samara), sino cambiar el destino mismo, sus coordenadas básicas…; aquellos que se niegan a cambiar nada son efectivamente los agentes del auténtico cambio: efectuar un cambio en el principio del cambio mismo”, pues “cuando adoptemos el pesimismo trágico, aceptando que no hay futuro (dentro del sistema) podrá emerger una apertura para un futuro cambio radical”. En otras palabras, empujar la piedra y dejar que ruede hasta que termine por quebrarse.
Camus lo explica de una forma muy bella: “‘Considero que todo está bien’, dice Edipo, y estas palabras sagradas resuenan en el universo salvaje y limitado del hombre. Enseñan que no todo está, ni ha quedado, agotado. Echan de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y el gusto de los dolores inútiles. Hacen del destino un asunto del hombre que debe arreglarse entre los hombres… No hay sol sin sombra, y hay que conocer la noche”.
Por sus ideas, Camus fue considerado injustamente un moralista y hasta un reaccionario, pues, supuestamente, promovía el inmovilismo en lugar de impulsar “la acción revolucionaria”. Ahora podemos ver que no se trataba de conformismo ni aceptación pasiva, sino de paciencia, de preparación y adquisición de conciencia, pues, como afirma ahora Žižek, “necesitamos dejar de dar pequeñas batallas contra la inercia del sistema intentando mejorar las cosas aquí y allá y, en vez de eso, preparar el terreno para la gran guerra que viene”.

Lamentablemente, cuando sobrevino el accidente automovilístico que truncó su vida con apenas cuarenta y siete años de edad, Camus tenía mucho que reflexionar todavía, pero quizá presintió que el tiempo se le acababa. Quizá por eso prefirió no usar el boleto de tren que encontraron en su abrigo el día de su muerte.

domingo, 21 de julio de 2013

Vicente Leñero en sus ochenta años, JOSÉ MARÍA ESPINASA

Vicente  Leñero
en sus ochenta años
José María Espinasa
2013 es un año de celebraciones para Vicente Leñero,
uno de los más importantes narradores mexicanos de la
segunda mitad del siglo XX. Leñero nace en Guadalajara
en 1933 –cumple, pues ochenta años– y en 1961,
después de terminar sus estudios de ingeniería, se
da a conocer como escritor con el libro La voz
adolorida
. Rápidamente se vuelve protagonista de
las letras mexicanas, y suma a su incansable
trabajo como editor y periodista una constante
actividad literaria que no se limitará a la
narrativa, sino que se extenderá con el tiempo
a otros géneros, como el teatro y el guión de cine.
La aparición en 1963 de Los albañiles, que cumple cincuenta años, distinguida con el Premio Biblioteca Breve, pareció proyectarlo, junto a Carlos Fuentes, como el otro protagonista mexicano del boom. La novela es hoy por hoy un libro de referencia y ha aguantado mucho mejor que otras novelas de sus contemporáneos el paso del tiempo. Pero Leñero no fue el protagonista que se esperaba del boom, simplemente siguió siendo un gran escritor. El libro Más gente así, de reciente publicación, se abre precisamente con un retrato de su relación –sus desencuentros– con Carmen Balcells, pieza fundamental del tinglado económico-publicitario que llamamos elboom.
Siempre me ha llamado la atención el alto nivel cualitativo de la literatura de Leñero, y la presencia tan evidente de eso que llamamos oficio. Es, entre los novelistas de su generación, la que va digamos de Carlos Fuentes (1927) a Fernando del Paso (1935), el más profesional de los escritores. Utilizo, al menos en esta ocasión, el calificativo como un elogio. Cada vez que leo un libro suyo, su capacidad me sorprende, ya sea en sus novelas más directamente literarias o en esas non fiction novel, como Los periodistas o Asesinato. Cuando leí esta última me dejó atónito que el mamotreto de quinientas páginas me lo hubiera leído de corrido y, como dice la cursilería popular, en un suspiro. Su condición estrictamente documental no evitaba leerla como un thriller político-psicológico.
Ese profesionalismo, ese oficio, está puesto al servicio de la obra con gran inteligencia. Todos los textos de Leñero son obra personal, incluso los que se pueden considerar estrictamente pedidos laborales –como un guión de cine, por ejemplo–, y eso los vuelve notable literatura. Más allá del experimentalismo de algunas de sus novelas, es un autor ligado al realismo, a un realismo deudor de las prácticas del reportero. Hace unos años, cuando apareció Gente así, a la que podemos considerar primera parte del libro que la publicación de Más gente así completa, mi entusiasmo fue absoluto y lo leí dos veces una detrás de otra, y después vuelvo a sus relatos-reportajes con frecuencia. Su homenaje a Rulfo me hace reír con ganas y me permite ver su capacidad para homenajear al amigo y al escritor incluso en la parodia.
Hacer del chisme una obra maestra requiere sin duda un gran talento. Leñero consigue, además, que al ser extraordinarios retratos de época, dejen de ser chismes. Juegos anecdóticos y verbales, entramados referenciales y auto referenciales (en muchos de los textos el protagonista es el propio Leñero, como figura pública pero también como figura familiar o personal, los puentes entre los diferentes niveles están trazados por el trato, la amistad y la admiración) le permiten distanciar los textos, emotivos y emocionantes, pero sin chantaje dramático.
Leñero es a veces un novelista realista con tintes políticos, y rinde por ello homenaje a modelos como Martín Luis Guzmán, Rulfo o Revueltas, o incluso a compañeros de generación como Ibargüengoitia. A la vez es un gran lector de Arreola, de la literatura fantástica, de la policíaca y de la experimental (en “Las uvas estaban verdes” cuenta las desgracias de Estudio Q, cuando el mercado reclama realismo mágico). Eso le permite ser muy versátil. A eso agrega su capacidad de escuchar el habla, su oído para los giros idiomáticos (sólo comparable al de Ricardo Garibay). Por eso prolonga las búsquedas de la narrativa de la Revolución Mexicana en un contexto urbano y con introspecciones psicológicas e intimistas.
Por eso puede afrontar la vida de Morelos como materia narrativa desde una historia de amor y no desde el carácter épico de la lucha independentista en Más gente así. Leñero admira el sesgo negro con que Ibargüengoitia retrató a Hidalgo en Los pasos de López, pero no es ese su tono. El guanajuatense humaniza al subrayar en los héroes la condición de claroscuro; Leñero en cambio los humaniza al volverlos sujetos de pasiones menores en las que se conserva el sino trágico.
En este díptico –Gente así y Más gente así– Leñero muestra su extraordinario nivel como cuentista. A la vez que propone una condición contextual o circunstancial del relato, pues disfraza el cuento de crónica, de reportaje, de confesión, de confidencia e infidencia, o hasta de ensayo, es decir de cuento en un sentido muy intenso. La palabra “gente” en ambos títulos encierra una de las claves. Antes, no sé si se sigue haciendo ahora, los profesores de redacción señalaban el peligro del término, su condición de plural singular, y el retintín un tanto despectivo del término: la gente es distinto de las personas, parece darles (a ellas, a quienes designa) un sentido ordinario, gregario, común, las despersonaliza precisamente.
Leñero hace exactamente lo contrario: las individualiza y las vuelve relevantes en su condición común, él incluido. Por eso su Gente así resulta profundamente iconoclasta, divertida, con humor y con profundidad al mismo tiempo. La gente se vuelve(n) gentes sin desdoro gramatical. La verdad, con minúscula o con mayúscula, es un personaje más de la ficción. El maestro del periodismo y del teatro, del guion cinematográfico y de la novela, es también, en una tradición que los tiene extraordinarios, uno de nuestros mejores cuentistas. Así, agradeciéndole el placer de leerlo, me quiero sumar a la celebración de sus ochenta años.

domingo, 9 de junio de 2013

VICENTE LEÑERO, EL MISTERIO DEL PERSONAJE, Guillermo Vega Zaragoza

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¿Cuáles son los secretos de la escritura para cine? ¿Qué retos enfrenta actualmente el autor de guiones cinematográficos? Uno de nuestros más reconocidos novelistas y periodistas, Vicente Leñero, ha desarrollado también una extensa y aplaudida trayectoria como adaptador de historias para el séptimo arte. Con motivo de sus ochenta años de vida, el escritor mexicano conversa sobre esa faceta de su vida creativa con Guillermo Vega Zaragoza. También incluimos el comentario de la narradora Rosa Beltrán sobre el más reciente libro de Leñero, Más gente así.
Incansable polígrafo, Vicente Leñero (Guadalajara, Jalisco, 9 de junio de 1933) ha cultivado casi todos los géneros literarios —sólo se le ha resistido la poesía— y todos los ha enfrentado con un obsesivo impulso de experimentación. En la novela aplicó los estamentos del nouveau roman y del “nuevo periodismo”, por ejemplo, enLos albañilesLa gota de aguaAsesinato y Los periodistas. También es uno de los más laureados y cotizados guionistas de cine de nuestro país; ha escrito y adaptado a la pantalla grande infinidad de historias tomadas de novelas, como El callejón de los milagros del Premio Nobel Naguib Mahfuz y El crimen del padre Amaro de José Maria Eça de Queiroz, una de las películas más taquilleras de la cinematografía nacional.
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Vicente Leñero
©Javier Narváez
Maestro de varias generaciones de dramaturgos, periodistas y guionistas que acuden a sus talleres y cursos para aprender los secretos del oficio, Leñero responde en esta entrevista —realizada en la intimidad de su estudio, rodeado de sus libros, su máquina de escribir, varias tazas de café y sus infaltables cigarrillos— a preguntas relacionadas en un principio con el tema del guion de cine, aunque en pocos minutos su pasión por la escritura lo lleva a recorrer los vericuetos de la novela, el teatro y la televisión.
¿El guion cinematográfico es un género literario por sí mismo o es sólo una herramienta para hacer una película?
Es un género literario por sí mismo. Es contar una historia cuyo último fin es llegar al cine, pero tiene todos los elementos necesarios para sostenerse literariamente por sí mismo, aunque no se publican guiones, o muy pocos, como no se publican tantas obras de teatro, a pesar de que el teatro está más valorado como una obra literaria.
¿El guion podría ser como una partitura de la cual el director hace su propia interpretación?
Hipotéticamente así debería de ser considerado. Guillermo Arriaga considera que llamarlo guion es peyorativo, pues no es una simple guía, sino una obra acabada, que cuenta una historia, por lo que debería llamársele libro cinematográfico. Está bien esa defensa.
Arriaga también ha luchado porque las películas sean consideradas una obra conjunta, tanto del autor del libro cinematográfico como del director.
A veces se puede dar y a veces no se da. A veces la idea viene del director, por lo que es el autor de la película, pero al guionista se le suele relegar a un segundo término. Por lo menos en los créditos de las películas se ha modificado eso, luego de la lucha de los escritores en Estados Unidos, para que el último crédito en pantalla antes del director sea el del guionista. El director participa en la elaboración del guion, aunque hay distintos niveles de participación, y a veces es muy activa. El director trabaja, sugiere y corrige como parte de su trabajo. Eso no necesariamente lo hace el guionista, a menos que participe en la filmación. Muchos directores son los autores de sus propias historias y sus propios guiones, como lo hace ahora Felipe Cazals, por ejemplo. Entonces se puede hablar de una película de autor. Y a veces el director nomás cumple con su chamba y no participa en el guion. Ahora se acostumbra decir que es “una película de fulano de tal”, aunque él no haya participado muy activamente en la creación del guion. En esos casos, me parece más justo que se considere como una obra colectiva, porque es una creación conjunta donde participan los actores, los técnicos, el fotógrafo, el editor, y no decir que es película nomás del director.
No sucede así en el teatro, donde las obras destacan por el autor, no tanto por quien las dirige.
Ahí también los directores han ganado terreno. Antes era indiscutible que la obra era del autor, ahora ya no se da ese crédito como antes. El director ha peleado su crédito creativo. Los dramaturgos siempre peleamos por que se considere más nuestra intervención, porque a veces el director toma una obra de teatro y hace con ella lo que quiere, y el autor dice: “Oye, ésa no es mi obra; es la obra que hizo finalmente el director”. En el cine también pasa mucho.
¿Cuáles son los problemas de la adaptación de una obra que no fue pensada para el cine, como una novela o una obra de teatro?
El cine se ha alimentado mucho de la literatura. Yo normalmente adapto. Ésa es una conveniencia para el desarrollo de una película, cuando a un productor se le ocurre que determinada novela es buenísima para hacer una película, como en una novela en la que la narración priva sobre la forma, en que cuenta una historia. Eso ha sido una ventaja para mí, porque de entrada ya hay un punto de acuerdo cuando el productor busca a un director que le guste la historia y el guionista trabaja con mayor facilidad. El problema de adaptar una novela generalmente es la extensión. Una novela dura más que cualquier película. Lo que el tiempo se llevó duraba más de cuatro horas, lo que en su tiempo era un récord. Si se hubiera filmado tal como es, una novela de casi dos mil páginas, habría sido una película interminable. El problema siempre es cómo comprimir, cómo escoger sus elementos fundamentales. A eso me he dedicado casi toda mi vida.
He tenido dos experiencias significativas en eso de la adaptación. Una es El crimen del padre Amaro, una novela de ochocientas páginas. Descubrí que había una traducción de Ramón del Valle-Inclán a la que le había quitado casi doscientas páginas. No sé si lo hizo por apurar el tiempo o hizo una especie de adaptación y le quitó toda la paja. Ante una novela así, tuve que hacer dos cosas para que quedara una película de hora y media. Primero, era fácil cortar toda la historia de la infancia del padre que cuenta Queiroz para entrar directamente cuando ya era un joven. Y luego, adaptar las líneas de acción, que es lo que normalmente hago; si no, sería un trabajo realmente imposible de llevar a cabo. Para eso leí la novela completa de un jalón, un par de veces. Otro problema fue que se trataba de una novela decimonónica ambientada en Portugal y había que adaptarla a las circunstancias del México actual, había que poner muchas cosas nuevas.